La inteligencia artificial tiene un cuerpo: centros de datos, consumo energético y un precio ecológico

Columna: La máquina y el espejo
Por A.O.

A medida que la inteligencia artificial transforma el mundo, una pregunta esencial sigue sin recibir suficiente atención: ¿dónde vive la inteligencia artificial?

La respuesta: en gigantescos centros de datos —instalaciones masivas llenas de servidores que almacenan, procesan y distribuyen información— alimentados por cantidades enormes de energía y agua. Estas infraestructuras físicas están creciendo de forma descomunal en regiones como Iowa (EE. UU.), Aragón (España), Nuevo León (México) o Quebec (Canadá), modificando las economías y los ecosistemas locales.

💡 ¿Qué está pasando?

  • Microsoft y OpenAI están construyendo un centro de datos de 1000 millones de dólares en Wisconsin. Según The New York Times, este necesitará una planta eléctrica adicional solo para abastecerlo.
  • En Aragón, España, el Diario El País reportó que los centros de datos ya consumen más agua que algunos pueblos enteros.
  • En Nuevo León, México, el periódico Reforma documentó preocupaciones por la escasez de agua en zonas donde se construyen parques tecnológicos.

📉 Impacto social y económico

  • Las inversiones traen empleo, pero muchos puestos son temporales o altamente especializados.
  • Algunas comunidades están siendo desplazadas o marginadas debido a los cambios en el uso del suelo, la demanda energética o los incentivos fiscales que benefician más a las empresas que a la población.

🌍 Impacto ecológico

  • La IA necesita GPUs y servidores de alto rendimiento, que consumen mucha energía.
  • El proceso de enfriamiento puede requerir millones de litros de agua al día.
  • Se estima que el entrenamiento de modelos como GPT-4 generó emisiones de CO₂ similares a las de un vuelo intercontinental para cientos de personas (MIT Technology Review).

📣 ¿Y ahora qué?

La conversación sobre inteligencia artificial no puede quedarse solo en algoritmos y productividad. Necesitamos hablar de infraestructura, energía, agua y justicia ambiental. ¿A quién le beneficia realmente este boom tecnológico? ¿Y quién paga la cuenta ecológica?

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