Editando al ser humano

Columna: La máquina y el espejo
Por A.O.G.

Durante siglos, la humanidad ha usado la tecnología para expandir sus límites: fuego, rueda, electricidad, computadora. Pero en 2025, algo ha cambiado. Ya no solo construimos máquinas para cambiar el mundo. Hoy, por primera vez, las máquinas están diseñadas para cambiar al ser humano.

Todo comenzó con un par de tijeras moleculares: CRISPR-Cas9, la tecnología que permite editar genes con una precisión milimétrica. Con ella, podemos corregir errores genéticos, prevenir enfermedades hereditarias o incluso diseñar mejoras. Lo que hace una década parecía exclusivo del guion de Gattaca o Black Mirror, hoy es objeto de experimentación médica… y comercial.

En China, el caso de los primeros bebés modificados genéticamente en 2018 fue solo el comienzo. Actualmente, clínicas privadas ofrecen terapias genéticas con beneficios inciertos, mientras gobiernos discuten si deben permitir o regular esta práctica. En EE.UU., compañías como Verve Therapeutics ya aplican edición genética en adultos para controlar el colesterol, y eGenesis trabaja en crear órganos humanos dentro de cerdos, vía edición genómica.

Pero más allá del laboratorio, lo que está en juego es filosófico:

  • ¿Qué significa ser humano si podemos rediseñarnos?
  • ¿Se abre una nueva brecha entre personas “naturales” y personas “optimizadas”?
  • ¿Estamos ante una eugenesia del siglo XXI disfrazada de salud?

Este avance promete erradicar enfermedades como la fibrosis quística, el Huntington o ciertos tipos de cáncer. Pero también despierta preocupaciones éticas legítimas: la posibilidad de seleccionar características físicas, de pagar por ventajas genéticas o de modificar generaciones futuras sin su consentimiento.

América Latina no es ajena a esta discusión. Aunque aún lejos de la edición en embriones, países como Argentina y México ya investigan terapias genéticas para cáncer o enfermedades raras. La regulación, sin embargo, va muy por detrás del avance técnico. El riesgo no está solo en lo que puede hacerse, sino en lo que no se discute a tiempo.

Como sociedad, estamos cruzando un umbral: uno en el que la humanidad es al mismo tiempo el ingeniero y el experimento. Y si la tecnología es el martillo, debemos preguntarnos seriamente qué clavos estamos intentando golpear.

Editarnos puede ser salvarnos. Pero también puede ser perdernos.

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